De Grondona a Tapia, y de una final a una eliminación prematura

La mezquindad de los dirigentes de AFA tomaron los intereses de la Selección como propios y en medio del Mundial el equipo de Sampaoli -al igual que el del Tata Martino y Bauza en copas o eliminatorias- recibió una cuota concentrada de las internas políticas que influyeron en el desempeño deportivo.

A poco de cumplirse cuatro años de la última frustración mundialista, Argentina vuelve una vez más con las manos vacías de una competencia en la que la historia lo ponía como protagonista. Pero esta vez es distinto: de aquel julio brasileño de 2014 a esta templada Rusia de 2018, los cambios tuvieron un efecto directo en la marcha del equipo.El escenario interno es otro. En Brasil, en el palco oficial, estaba Julio Grondona, el mandamás histórico de la AFA. Entonces, en ningún lugar del radar estaba Claudio Tapia, el sucesor que tuvo que esperar un interinato de Luis Segura -quien facilitaba la venta de entradas en el hotel de Río de Janeiro- y luego la intervención de la FIFA con Armando Pérez a la cabeza.

El cambio de status para Chiqui -entonces únicamente conocido por ser el presidente de un club del Ascenso, ni siquiera por su lazo con Hugo Moyano- en buena medida sintetiza el andar de la Selección de un Mundial a otro. No por la capacidad del actual presidente, sino por la interna feroz tras la muerte de Grondona que se silenció con un pacto que lo llevó al poder después de fagocitarse las ínfulas de Marcelo Tinelli.

La Selección fue a jugar un Mundial después de caminar por la cornisa de la clasificación, con tres técnicos y las intermitencias de Lionel Messi, afuera o adentro del equipo. Si el de Grondona fue un reinado, nadie tuvo sangre azul para continuar el linaje. El siguiente técnico después del final del ciclo de Alejandro Sabella tras perder la final en Brasil ante Alemania, fue Gerardo Martino porque los custodios de la memoria de Don Julio sostuvieron la voluntad de inclinarse por ese entrenador: su círculo íntimo, había escuchado el deseo de que fuera el Tata.

Elegido Martino, los dirigentes comenzaron a cavar trincheras para acercarse al sillón de Don Julio y desoyeron las necesidades que el técnico tenía y nadie cedía jugadores porque la cuestión deportiva estaba en otro lado: en la construcción del poder y en ahuyentar el fantasma de Marcelo Tinelli y la posibilidad de que todo lo que dejó Grondona quedara en manos de un extraño para el fútbol. En tanto, el mismo grupo de jugadores de Sabella, con la inclusión de alguno de Martino, perdía otra final, la de la Copa América.

El Tata tuvo otra oportunidad, en la edición Centenario de la misma Copa, y el mismo grupo de futbolistas perdió el trofeo. Sin resto ni referentes en la AFA que solucionaran los problemas, Martino se fue. El grupo quedó a la deriva, en Viamonte ya no estaba siquiera Segura. Ahora Armando Pérez, secundado por un trío de directivos que ni Messi ni el último orejón del tarro conocía siquiera de vista. Edgardo Bauza fue el elegido y ninguno de los referentes fue consultado.El elegido fue Tapia, quien en apenas dos años pasó de ser un ignoto dirigente, al más importante. No estaba en los planes del Gobierno nacional -la injerencia de Mauricio Macri se cristaliza con Daniel Angelici-, pero el presidente de Boca pactó con el hombre que contaba con todo el respaldo del Ascenso metropolitano y el Federal.

Chiqui ya estaba cercano al plantel. Antes de la intervención de FIFA, él fue el único que no renunció a los cargos que dejaban acéfala a la AFA. Habían renunciado Tinelli (vice tercero, cargo que no existía y se creó para él), Angelici (secretario general), Matías Lammens (tesorero); Rodolfo D’onofrio (vice primero) y Víctor Blanco (secretario de selecciones). Casi en paralelo, Messi también se alejaría de la selección.

Con el contrato vigente de Bauza, Tapia comenzó a trabajar para Messi retorne. Había sido suspendido de oficio y la Argentina no tenía a nadie en Conmebol o FIFA que defendiera a su crack. Con la muerte de Grondona se cerraron esos espacios: Don Julio manejaba personalmente los asuntos y en el escenario internacional, tampoco había herederos.

Tapia ya había tomado la decisión de reemplazar al Patón: la selección puede ser una bomba cuando fracasa y un premio que legitima una gestión en caso de éxito y él no iba a plebiscitar su mandato con un técnico que no tenía el respaldo de “la gente” ni el propio. Chiqui quería a Mauricio Pochettino, en segundo orden a Diego Simeone y veía con buenos ojos a Jorge Sampaoli. Mandó emisarios a hablar con cada uno y se reunió en Europa con Messi y Javier Mascherano. Incluso con Carlos Tevez.

Pochettino antepuso un contrato recién firmado con Tottenham. El Cholo respondió que no, hasta después del mundial. Y Sampaoli, quien también había firmado un contrato recientemente, que estaba dispuesto a deshacerlo. La cúpula de la selección no nombró a otro que al entonces entrenador del Sevilla. Tapia, entonces, se inclinó por el Pelado, que además tenía sus cimientos como entrenador en el Ascenso. El anclaje perfecto.

Y su llegada aceitó el pacto Angelici-Tapia, porque el titular de Boca destrabó la salida de Sampaoli del club sevillano y el entrenador llegó para comandar una selección a la deriva en las últimas cuatro fechas de las eliminatorias sudamericanas.Tras la clasificación, Sampaoli accedió a una serie de amistosos que no pretendía. Comenzado el mundial, antes del primer partido ante Islandia, la Selección sufrió tres operativos de prensa en contra. Con el empate y la derrota ante Croacia, los rumores se replicaron en los medios -apostados en Rusia o replicando información falsa desde Buenos Aires- y desde el riñón de Tapia entendieron que el principal socio del Ascenso, también era el enemigo interno y se viste de azul y oro.

Otra vez, la Selección quedó atrapada en las mezquindades de sus dirigentes -o de algunos- que vieron en el fracaso del conjunto nacional, la oportunidad para hacer tambalear a Tapia y, en definitiva, al conjunto de presidentes de clubes de B Nacional, Primera B, C, D y Federales que llevan adelante la gestión de la asociación. Los directivos de Primera, no tienen lugar en las decisiones de peso y están lejos de la selección. Si algo aprendieron tras la muerte de Grondona, es que los espacios de poder surgen de las grandes crisis y al parecer la selección es -y fue- el botín de guerra.

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