Franco Armani, el ferviente seguidor de Dios que suma adhesiones y comienza a imaginarse en Rusia

Franco Armani, el ferviente seguidor de Dios que suma adhesiones y comienza a imaginarse en Rusia

En julio de 2012, Franco Armani sufrió una rotura de ligamentos cruzados. Atajaba en Nacional de Medellín , donde no se sentía cómodo porque era suplente de Gastón Pezzutti, otro argentino. Una iglesia evangélica se convirtió en su refugio, al punto de que se convirtió en un ferviente seguidor de Dios. El fútbol le daba entonces más preocupaciones y desencantos que alegrías. En la iglesia, alguien le sugirió que fuera a visitar a un canalizador de ángeles de Medellín para que hablara con algún familiar muerto. De ese modo entró en contacto con su abuela muerta, quien le vaticinó que en no demasiado tiempo todo cambiaría para él en el fútbol. Que a partir de los 28 o 29 años, la gloria deportiva llegaría a su vida. Creyente como se había vuelto, se fue del lugar esperanzado. Y ese futuro venturoso ya llegó hace rato para él. En los últimos años lo abrazó un torrente exitoso: ganó trece títulos con Atlético Nacional, incluida la Copa Libertadores 2016; cumplió su sueño de jugar en River , el equipo del que es hincha y en el que ya es figura en menos de cinco meses; y está a un paso de ir al Mundial de Rusia : Jorge Sampaoli ya lo incluyó en la lista preliminar de 35 y el lunes tiene pensado anunciarlo en la definitiva de 23.

Armani parece sentirse a gusto con su condición de arquero-estrella del fútbol argentino. Lejos de sentir presión ante la firme posibilidad de ir al Mundial, ofrece en cada partido la sensación de que anotarle un gol a River se volvió una tarea compleja para sus rivales. Por lo pronto, en los últimos diez encuentros que jugó le convirtieron uno solo: ante Emelec, por la Copa Libertadores, cuando Ayrton Preciado le cortó en el Monumental una racha de 620 minutos sin recibir goles. Pese a la victoria 2 a 1 sobre el equipo ecuatoriano, aquella noche se fue con bronca del Monumental: quedó a 149 minutos del récord que Amadeo Carrizo había conseguido en River en 1968.

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